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Pocos destinos de vacaciones ofrecen un entorno tan puro como Bonaire. Es un estado de ánimo cuya magia se siente en el momento en que se baja uno del avión, aspira el aire puro y divisa el primer reflejo del azul purísimo del mar cerca del final de la pista.

Bonaire es la más oriental de las Islas de Sotavento, que se encuentran situadas a 80 km de la costa de Venezuela y a unos 70 km al este de Curazao.

Bonaire tiene una superficie de 288 km²; a 240,8 metros de altura se yergue el monte Brandaris, el punto más elevado de la isla.

Las Islas de Sotavento gozan de un clima tropical árido, caracterizado por una temperatura media de 28º C, unos 350 días de sol al año y un nivel anual de lluvia que no excede los 50 cm. La temperatura media del océano es de 27º C.

La velocidad media del viento es de 22 kilómetros por hora; por su situación geográfica, Bonaire queda fuera de las rutas tradicionales de los huracanes.

Kralendijk es la capital. El idioma oficial de la isla es el holandés, pero, normalmente, la gente en la calle habla papiamento. Muchos habitantes hablan y entienden también el inglés y el español.


Bonaire cuenta con una población de unos modestos 15.000 habitantes, un número muy bajo, si se compara con los 165.000 habitantes de Curazao, la isla vecina que sólo tiene un tercio más de superficie que Bonaire.

Bonaire es ampliamente conocida por sus colonias de flamencos, su genuina belleza natural y sus espléndidas formaciones de corales.

En el extremo nordeste de la isla se extiende un tramo de costa en estado virgen. Aquí las olas del océano baten ininterrumpidamente las rocas del litoral.

El sur de la isla es llano. Aquí se encuentra el Pekel Meer (holandés: lago de la sal) que está rodeado por los altos montones de sal de las salinas. La historia social de la isla se ve reflejada en las típicas casas de esclavos, mientras que su geografía se caracteriza por hermosas playas que acogen y confortan a los visitantes de hoy.

Kralendijk ha sido construida en estilo semicolonial; la plaza invita a pasear y salir de tiendas o cenar en restaurantes y bares; nada menos que dos casinos invitan a los visitantes a probar fortuna.

Aparte de estas facilidades, Bonaire tiene escasas posibilidades para zambullirse en la vida nocturna.